Después de tomar el café de todas las mañanas, volví a la cama. Era domingo, estaba solo y llovía. La noche anterior me habían despertado a las tantas con una llamada de teléfono para decirme que habían pensado en mí. La cosa es que podía tirarme en la cama tranquilamente y arriesgarme a quedarme dormido porque lo interesante de la mañana del domingo ya había pasado y el descanso me iba a sentar bien. Es extraño tener que justificar este tipo de actos.
Cuando me metí en la cama cogí un libro al azar de la estantería y me puse a hojearlo. No tenía ningún interés en leer nada en particular. Podía ver la lluvia por la ventana y una copa de un árbol bailando contenta. Solo quería algo que me diera un poco de sueño. Me puse a leer una página al azar de La Extraña de Sandor Marai. Alcancé a leer la frase 'Por la mañana despertó temprano, se sentó a la mesa y escribió tres cartas.' Hacia el final de la frase me di cuenta de que me estaba costando demasiado enfocar el texto. Como si hubiera estado mirando largo rato a una bombilla, veía el texto detrás de un halo de luz que me molestaba demasiado para seguir leyendo. Decidí cerrar el libro y dejarlo caer al suelo y dormir un rato. Al cerrar los ojos, la luz que veía sobre las letras seguía estando presente. Por un momento pensé que había estado mirando el sol pero recordé que estaba lloviendo. Intenté olvidarme del asunto pero cada vez se hacía más intenso y me ponía más nervioso. A los diez minutos de dar vueltas en la cama decidí levantarme y vestirme. Me costó horrores porque aunque veía los objetos, la ropa, los zapatos, todo quedaba quemado por la luz que estaba marcada en mi retina.
Habiéndome vestido salí a la calle casi corriendo, intentando buscar algún horizonte, algún espacio grande donde mi vista pudiera descansar. Crucé varias calles hasta alcanzar una zona medio montañosa y empecé a subir por un camino de tierra mojado. No conseguía ver dónde apoyaba los pies y tropecé varias veces. Seguí caminando hacia arriba sin parar, sin dejar de probar mi vista mirando hacia distintas distancias. Tratando de enfocar las cosas como siempre lo hago. Pero no había manera, ya no sabía si era el ojo izquierdo o el derecho el que me estaba dando el problema o si eran los dos.
Al rato de caminar por la montaña la luz empezó a parpadear muy rápidamente. Yo no entendía nada, pero entre la lluvia y lo poco que veía decidí buscar algún árbol o algún sitio donde protegerme un poco. A unos metros de mi encontré un almendro en flor. Estaba envuelto de abejas, se oía el zumbido perfectamente y el suelo se había cubierto de pétalos blancos. A un lado del almendro había una pequeña gruta. No era una gruta natural sino que alguien la había hecho, colocando piedras una encima de otra. El acceso era complicado porque había varias plantas que habían crecido más de la cuenta. Logré meterme dentro y me asusté un poco cuando vi una maleta con ropa y unas mantas. ALLÍ VIVÍA ALGUIEN.
NOQUEPOAQUÍ
domingo, 20 de febrero de 2011
en red
Cada vez encuentro más referencias en el mundo real de cosas que suceden en el mundo virtual. Esto no va a parar nunca, ¿no?
Desorientado
sales a caminar sin ver nada. Primero te arrastran por el camino hasta que ya logras adaptarte y vas tú solito. Entonces te dicen, ve por ahí, por ahí no vayas. Luego vas por todas partes porque te das cuenta de que otras personas te dicen que vayas por donde no deberías ir y que no vayas por donde sí deberías ir. Te sientas un rato en una esquina porque te cansas. Ahí sentado ves a gente arrastrando a otra gente, a gente sugiriendo a otra gente y a gente caminando. Ahí sentado ves que todo el rato es lo mismo, que todo se repite constantemente y que nada tiene sentido.
Sin embargo, cuando te levantas estás totalmente desorientado, ya no sabes de dónde venías ni hacia dónde ibas. Alguien te empuja y la inercia te hace caminar. Ahora ya nadie te guía, nadie te aconseja. De hecho nadie te habla. Estás solo y te empujan por todas partes. Por todos los caminos hay personas que van y vienen. Por todos los caminos hay huecos donde cabes. Algunos más incómodos que otros.
Sin darte cuenta ya ni ves dónde te habías sentado a descansar, ya ni ves el origen ni el final de tu paseo. Te sientes inmerso en la marea de paseantes y te das cuenta de que eres igual que todos los demás, a los que juzgaste cuando estabas tranquilamente sentado, a los que arrebataste el sentido. Ves que tú también eres más de lo mismo y deambulas sin destino y sin origen.
y aun así, sigues caminando y intentando darle más sentido a tu paseo que al de los demás.
De tanto en tanto ves a alguien que camina totalmente erguido, sonriente, sin dudas. Sientes que alguna vez tu paseo fue igual de intenso y te preguntas si en algún momento volverás a recuperar esa luz. Y de vez en cuando ves algún destino que te llama la atención pero nunca lo alcanzas, cuanto más cerca estás de él, menos te interesa y acabas abandonándolo cuando te quedan dos pasos.
Sin embargo, cuando te levantas estás totalmente desorientado, ya no sabes de dónde venías ni hacia dónde ibas. Alguien te empuja y la inercia te hace caminar. Ahora ya nadie te guía, nadie te aconseja. De hecho nadie te habla. Estás solo y te empujan por todas partes. Por todos los caminos hay personas que van y vienen. Por todos los caminos hay huecos donde cabes. Algunos más incómodos que otros.
Sin darte cuenta ya ni ves dónde te habías sentado a descansar, ya ni ves el origen ni el final de tu paseo. Te sientes inmerso en la marea de paseantes y te das cuenta de que eres igual que todos los demás, a los que juzgaste cuando estabas tranquilamente sentado, a los que arrebataste el sentido. Ves que tú también eres más de lo mismo y deambulas sin destino y sin origen.
y aun así, sigues caminando y intentando darle más sentido a tu paseo que al de los demás.
De tanto en tanto ves a alguien que camina totalmente erguido, sonriente, sin dudas. Sientes que alguna vez tu paseo fue igual de intenso y te preguntas si en algún momento volverás a recuperar esa luz. Y de vez en cuando ves algún destino que te llama la atención pero nunca lo alcanzas, cuanto más cerca estás de él, menos te interesa y acabas abandonándolo cuando te quedan dos pasos.
lunes, 4 de octubre de 2010
Donnie Darko
lunes, 30 de agosto de 2010
Laberintos
un día sales de casa y te das cuenta de que todos los caminos son infinitos y todas las posibilidades son únicas.
Dos días después, y sin saber cómo, vuelves a encontrarte a tí mismo saliendo de casa y dándote cuenta de que todos los caminos son infinitos. La misma conclusión en un momento distinto pero en el mismo espacio. Entonces concluyes que algunos caminos son infinitos. Pero no todos, algunos caminos llevan a lugares ya conocidos.
Tres días después, sales de tu casa y ves que alguien pasó por ahí y pintó la pared. El lugar de siempre deja de ser el lugar de siempre. Ya no estás pasando siempre por el mismo camino.
Ese día vuelves a casa y te vas a dormir pronto porque al día siguiente quieres hacer no sabes bien qué. Entonces sueñas que estás saliendo de tu casa y que te das cuenta de que todo lo que hay son paredes de cartón que forman pasillos y habitaciones. y empiezas a recorrerlas pensando que en algún momento verás otra cosa, pero no lo consigues. ya ni consigues volver a despertar y te pasas el resto de tu vida metido en un laberinto, pensando que de cada decisión, de cada gesto, florece un mundo infinito, siempre incompleto. Sigues pensando y pensando y al final lo que pasa es que te tropiezas con un animal que parece simpático pero que al intentar acariciarlo, te arranca el brazo. Sin brazo y perdido en el laberinto, te pones a recordar aquel día en el que saliste de casa y viste que todo era infinito y de rodillas pides clemencia y un solo camino en linea recta. Pero nadie te contesta.
Cuando por fin consigues despertar, tu cama está llena de ropa y hace un frio del demonio.
Dos días después, y sin saber cómo, vuelves a encontrarte a tí mismo saliendo de casa y dándote cuenta de que todos los caminos son infinitos. La misma conclusión en un momento distinto pero en el mismo espacio. Entonces concluyes que algunos caminos son infinitos. Pero no todos, algunos caminos llevan a lugares ya conocidos.
Tres días después, sales de tu casa y ves que alguien pasó por ahí y pintó la pared. El lugar de siempre deja de ser el lugar de siempre. Ya no estás pasando siempre por el mismo camino.
Ese día vuelves a casa y te vas a dormir pronto porque al día siguiente quieres hacer no sabes bien qué. Entonces sueñas que estás saliendo de tu casa y que te das cuenta de que todo lo que hay son paredes de cartón que forman pasillos y habitaciones. y empiezas a recorrerlas pensando que en algún momento verás otra cosa, pero no lo consigues. ya ni consigues volver a despertar y te pasas el resto de tu vida metido en un laberinto, pensando que de cada decisión, de cada gesto, florece un mundo infinito, siempre incompleto. Sigues pensando y pensando y al final lo que pasa es que te tropiezas con un animal que parece simpático pero que al intentar acariciarlo, te arranca el brazo. Sin brazo y perdido en el laberinto, te pones a recordar aquel día en el que saliste de casa y viste que todo era infinito y de rodillas pides clemencia y un solo camino en linea recta. Pero nadie te contesta.
Cuando por fin consigues despertar, tu cama está llena de ropa y hace un frio del demonio.
jueves, 29 de julio de 2010
Parcelas
Tengo un espacio de tierra muy grande. Lo miro por primera vez y veo naturaleza: grandes extensiones de tierra y agua, zonas rocosas y zonas arenosas. Hay árboles y plantas y hierbas distribuidas siguiendo los patrones de la naturaleza, y a su alrededor, animales, algunos solitarios, otros en grupo, alimentándose, reproduciéndose y animaleando en general. Como tengo que comer, yo también animaleo un rato.
Pero luego veo que hay más personas como yo animaleando por allí. Me hago amigo de algunas y enemigo de otras. Decidimos dividirnos en grupos y separar el terreno gigantesco en varios terrenos. Varios mueren en el proceso de definir las fronteras. Luego seguimos con hambre y seguimos animaleando un rato, hasta que nos damos cuenta que algunos de nosotros preferimos hacernos los hombres y no los animales. En ese momento unos se dedican a buscar comida y otros a la magia, la salud, la construcción, la religión, el arte, el comercio, etc. Y todos tenemos relaciones sexuales, porque nos dan gusto.
Entonces empezamos a tener hijos y como lloran cuando sus padres pelean, unos cuantos empiezan a desarrollar normas sociales y protocolos y acaban por estigmatizar el sexo, parcelándolo, marginándolo a una esquina de la vida.
Pasa que la comida a nuestro alrededor se empieza a agotar y entonces nos vamos a otro espacio. Seguimos agotando varios lugares hasta que uno de nosotros aprende a cultivar y adiestrar ganado. El conocimiento se expande rápidamente y la gente empieza a cultivar sus propios campos y otra vez surgen problemas de fronteras. Así que la gente empieza a parcelar los terrenos que cultiva o que utiliza para criar ganado. Yo no me doy ni cuenta y de repente todo el gran espacio de tierra está parcelado. Ya no puedo animalear.
Al día siguiente, un tipo inventó el reloj y por unas horas, exactamente dos horas y diecisiete minutos, estuvimos todos fascinados. Ahora ya tengo mi vida totalmente parcelada. Mi espacio está limitado por paredes y cercas. Mi tiempo es cuantificable y cada minuto tiene una función.
De vez en cuando nos juntamos todos y rezamos:
Yo me desparcelo
Tu te desparcelas
El se desparcela
Nosotros nos desparcelamos
Vosotros os desparceláis
Ellos se desparcelan
y luego tomamos hongos y animaleamos un poco. Digamos que gastamos unas 6 horas al mes en animalear.
Pero luego veo que hay más personas como yo animaleando por allí. Me hago amigo de algunas y enemigo de otras. Decidimos dividirnos en grupos y separar el terreno gigantesco en varios terrenos. Varios mueren en el proceso de definir las fronteras. Luego seguimos con hambre y seguimos animaleando un rato, hasta que nos damos cuenta que algunos de nosotros preferimos hacernos los hombres y no los animales. En ese momento unos se dedican a buscar comida y otros a la magia, la salud, la construcción, la religión, el arte, el comercio, etc. Y todos tenemos relaciones sexuales, porque nos dan gusto.
Entonces empezamos a tener hijos y como lloran cuando sus padres pelean, unos cuantos empiezan a desarrollar normas sociales y protocolos y acaban por estigmatizar el sexo, parcelándolo, marginándolo a una esquina de la vida.
Pasa que la comida a nuestro alrededor se empieza a agotar y entonces nos vamos a otro espacio. Seguimos agotando varios lugares hasta que uno de nosotros aprende a cultivar y adiestrar ganado. El conocimiento se expande rápidamente y la gente empieza a cultivar sus propios campos y otra vez surgen problemas de fronteras. Así que la gente empieza a parcelar los terrenos que cultiva o que utiliza para criar ganado. Yo no me doy ni cuenta y de repente todo el gran espacio de tierra está parcelado. Ya no puedo animalear.
Al día siguiente, un tipo inventó el reloj y por unas horas, exactamente dos horas y diecisiete minutos, estuvimos todos fascinados. Ahora ya tengo mi vida totalmente parcelada. Mi espacio está limitado por paredes y cercas. Mi tiempo es cuantificable y cada minuto tiene una función.
De vez en cuando nos juntamos todos y rezamos:
Yo me desparcelo
Tu te desparcelas
El se desparcela
Nosotros nos desparcelamos
Vosotros os desparceláis
Ellos se desparcelan
y luego tomamos hongos y animaleamos un poco. Digamos que gastamos unas 6 horas al mes en animalear.
jueves, 20 de mayo de 2010
Desaparecer
Una vez cada cierto tiempo una sensación extraña invade su cuerpo. Algo que no logra comprender acelera su pulso, entrecorta su respiración, ejerce una sutil presión externa que oprime sus pulmones y desajusta sus glándulas sudoríparas. Su visión se nubla. Digámoslo de otra forma, una más certera, su visión se confunde. O mejor aún: lentamente su cerebro se precipita hacia otras urgencias, prestando menor atención a la información recibida por los ojos. La cuestión es que lentamente lo que ve va perdiendo sentido y aunque él intenta mantenerse presente, su cuerpo se distancia, se difumina hasta desvanecerse.
Suele ocurrirle en espacios concurridos. Cuando empieza, prueba de evadir cualquier evolución mirando las caras de la gente, tratando de conectar con alguna mirada, tratando de encontrar algún punto de apoyo. Sin embargo la mayor parte de la gente con la que se cruza mira para otro lado o hace oídos sordos.
Muy lentamente, pero de forma constante, la sensación se intensifica. Primero se siente simplemente aturdido. Luego empieza a confundirse. De la confusión pasa al desconcierto. Del desconcierto al miedo. Del miedo al terror. Luego algo mágico sucede: paulatinamente su cuerpo empieza a expandirse. Él lo puede sentir creciendo, contagiándose del ambiente. Por ejemplo, siente como su dedo meñique crece hasta cobrar el tamaño de una placa de madera verde inglés que cubre la pared de un pub irlandés y siente en su dedo la sensación de ser madera, de ser verde inglés y de ser la pared de un pub irlandés, sosteniendo un montón de cuadros de época con imágenes de archivo de gente sonriendo jugando a tennis o a rugby y una costra de humo y recibiendo y reflejando el sonido de una máquina de café y de gente charlando en el pub y del camarero pidiendo la cuenta a los de la mesa siete. Pero también en el mismo momento, su dedo anular se ha expandido hasta invadir el espacio de la farmacia colindante, convirtiéndose, la uña en el cristal del aparador, el nudillo en las puertas corredizas, los pelos en cientos de frascos conteniendo miles de cápsulas conteniendo miles de millones de partículas elementales vibrantes, todas debidamente homogeneizadas e inmaculadas, su yema del dedo invade todo el espacio de la caja registradora, la mesa, las batas de los farmacéuticos, y hasta sus gafitas de metal frio mientras siente el ritmo de su corazón en la palma de su mano.
Cuando por fin vuelve a poder reconocer Su ritmo de Su corazón en la palma de Su mano, entonces todo ha acabado. Se ve a si mismo reflejado en el ventanal de la farmacia y pasa un rato mirando las figuras luminosas que dibuja la cruz verde.
Otras veces se encuentra con alguien a quien no veía desde hacía tiempo y intenta disimular diciendo: Qué sorpresa, cuánto tiempo.
Suele ocurrirle en espacios concurridos. Cuando empieza, prueba de evadir cualquier evolución mirando las caras de la gente, tratando de conectar con alguna mirada, tratando de encontrar algún punto de apoyo. Sin embargo la mayor parte de la gente con la que se cruza mira para otro lado o hace oídos sordos.
Muy lentamente, pero de forma constante, la sensación se intensifica. Primero se siente simplemente aturdido. Luego empieza a confundirse. De la confusión pasa al desconcierto. Del desconcierto al miedo. Del miedo al terror. Luego algo mágico sucede: paulatinamente su cuerpo empieza a expandirse. Él lo puede sentir creciendo, contagiándose del ambiente. Por ejemplo, siente como su dedo meñique crece hasta cobrar el tamaño de una placa de madera verde inglés que cubre la pared de un pub irlandés y siente en su dedo la sensación de ser madera, de ser verde inglés y de ser la pared de un pub irlandés, sosteniendo un montón de cuadros de época con imágenes de archivo de gente sonriendo jugando a tennis o a rugby y una costra de humo y recibiendo y reflejando el sonido de una máquina de café y de gente charlando en el pub y del camarero pidiendo la cuenta a los de la mesa siete. Pero también en el mismo momento, su dedo anular se ha expandido hasta invadir el espacio de la farmacia colindante, convirtiéndose, la uña en el cristal del aparador, el nudillo en las puertas corredizas, los pelos en cientos de frascos conteniendo miles de cápsulas conteniendo miles de millones de partículas elementales vibrantes, todas debidamente homogeneizadas e inmaculadas, su yema del dedo invade todo el espacio de la caja registradora, la mesa, las batas de los farmacéuticos, y hasta sus gafitas de metal frio mientras siente el ritmo de su corazón en la palma de su mano.
Cuando por fin vuelve a poder reconocer Su ritmo de Su corazón en la palma de Su mano, entonces todo ha acabado. Se ve a si mismo reflejado en el ventanal de la farmacia y pasa un rato mirando las figuras luminosas que dibuja la cruz verde.
Otras veces se encuentra con alguien a quien no veía desde hacía tiempo y intenta disimular diciendo: Qué sorpresa, cuánto tiempo.
jueves, 22 de octubre de 2009
Ordinario
En un examen de filosofía me preguntaron si la vida tendía a organizarse o a desorganizarse. Yo contesté que tendía a desorganizarse. Luego hablé con la que entonces era mi novia y ella me dijo que me había equivocado. Por ejemplo, me dijo, cuando en un concierto la gente empieza a aplaudir, todos los aplausos empiezan descoordinados, sin embargo, si los aplausos duran un rato, siempre se acaban sincronizando rítmicamente. Entonces me pareció una explicación estupenda. A día de hoy, la sensación vital es más difusa. El orden y el desorden quedan para tomar el té a las cinco pero lo acaban tomando a las nueve y les da igual. Los aplausos no duran toda la vida. En cuanto se organizan, pasa la euforia y algunos dejan de aplaudir. Finalmente algún exaltado da el último aplauso. Y los aplausos mueren después de una agonía asíncrona y decadente.
lunes, 5 de octubre de 2009
Comunicando
Llegan sus palabras con algo de retraso. Primero las pronuncia, luego viajan hasta mi oido, por teléfono. Mi martillo, mi estribo y mi yunque se ponen a bailar. Y no sé en qué momento se me erizan los pelos de los brazos o se me encienden los ojos. O el estímulo sonoro llega realmente a mi cerebro y éste ordena que los pelos se pongan de pie y los ojos distorsionen. O directamente las palabras llegan cargadas de algún tipo de energía anticientífica, capaz de envolver mi cuerpo y modificarlo. Creo que las dos cosas suceden a la vez. Primero la ráfaga energética paranormal, luego mi cerebro procesa. Y así llegan sus palabras con retraso. Y primero mi cuerpo se estremece y luego empiezo a descifrar qué me está diciendo.
Como cuando uno piensa en voz alta. La idea está ahí, pero no cuaja hasta que las palabras no se pronuncian perfectamente.
Como cuando uno piensa en voz alta. La idea está ahí, pero no cuaja hasta que las palabras no se pronuncian perfectamente.
viernes, 2 de octubre de 2009
Conversación bucal
En un ataque de autoestima los dientes gritaron:
- Somos los más duros de esta cueva!
Y la lengua contestó:
- Está bien, a veces me aplastáis y me hacéis alguna herida, pero justamente por ser la más blanda ni me rompo ni me caigo. A parte, saboreo la vida en cada momento y no me pueden reemplazar.
Después de oir esto los dientes tuvieron dentera.
- Somos los más duros de esta cueva!
Y la lengua contestó:
- Está bien, a veces me aplastáis y me hacéis alguna herida, pero justamente por ser la más blanda ni me rompo ni me caigo. A parte, saboreo la vida en cada momento y no me pueden reemplazar.
Después de oir esto los dientes tuvieron dentera.
viernes, 18 de septiembre de 2009
No te precipites
eran las tres, eran las cuatro. Compré un globo rojo y paseé por ahí. No tenía hambre, ni tenía sed. Era un hombre con un globo rojo. Un niño me miró y me pidió el globo. Se lo dí. Su madre me dio las gracias. Conté los pasos hasta la siguiente esquina. 17, 18, 19, 20, 21, 22, 23 y como no quise acabar en un número primo, dí un pasito corto y tramposo y salí victorioso. Everyday heroe. Entré así en una nueva calle. Nunca había estado allí. Era una calle peatonal, poco transitada. Oí una música parecida a la de un circo que venía de detrás de la curva. Antes de la curva me quedé mirando unos graffitis. En uno había un triángulo con un ojo. Típico. El otro era un dibujo de un hombre y una mujer, con un trazado infantil, desnudos. Los dos miraban hacia arriba. Arriba estaba el ojo. La mujer señala, el hombre mira. Al doblar la curva me encuentré al tipo que hacía la música. Era un tipo moreno, con bigote y sombrero de cowboy. Tenía una especie de acordeón apoyado en un palo. Parecía el instrumento de un pirata cojo. No tocaba muy bien. Las notas se entremezclaban y la melodía sonaba como tropezada, como si le hubiera faltado una pata. Cuando acabó su canción le dí unas monedas y él me contestó diciendo buen viaje. Más adelante había una tienda de disfraces. Entré y me compré un disfraz de mago. Tenía capa y sombrero. Y así paseé por el callejón. En cuanto me despisté, un conejo saltó del sombrero y me dijo algo que no conseguí entender. Creo que estaba hablándome en latín. Al ver que no lo entiendí, el conejo me miró confundido y repitió la frase. Seguí sin entenderle. Entonces el conejo se puso a dar saltitos y yo traté de seguirlo. Nada, el conejo dobló en una esquina, pero iba muy rápido, cuando llegué allí, ya no lo vi por ningún lado. Justo en esa esquina había una entrada a un local llamado Tlön. La carrera para perseguir al conejo me había dejado algo sediento, así que entré en Tlön pensando que era un bar cualquiera. El local era oscuro y estaba lleno de detalles, amontonados en las paredes. Muchísimos cuadritos oscuros, como si llevaran comiendo humo durante dos siglos. Sin embargo, a pesar de la tiniebla del lugar, todo se podía contemplar con un nivel de detalle poco común. Los artículos de decoración tenían una especie de luz propia, nada eléctrico, una especie de brillo natural que hacía que tuvieras la sensación de que todo estaba vivo allí. Todas las piezas, todas las partes del local parecían estar flotando en una especie de antigravedad. A la izuquierda había un espacio pequeño, un sofá rojo, dos pequeñas butacas verdes y una mesita de madera con un solo pie en forma de cono. La mesa era circular y el cono estaba invertido. Mágicamente, la mesa se soportaba por el vértice del cono y mantenía un equilibrio perfecto. En las paredes había recortes de periódicos enmarcados y un cuadro de un niño meando en un rio. Había un pequeño estante lleno de folletos y propaganda y un candelabro escondido detrás de un montón de cera. Una lámpara ovalada roja colgaba del techo, aunque no se podía ver el cable que la soportaba.
A la derecha el espacio era más amplio, había varias mesas y al fondo, detrás de una cortina de humo había un grupo de gente jugando a cartas. Nadie parecía enterado de que entré. En la parte superior de la pared, cerca del techo, había un estante estrecho que rodeaba todo el espacio. Encima había una colección de latas, latas de todo tipo de bebidas y una sección con unas veinte latas de cocacola todas distintas. En una de las paredes me sorprendió un marco enorme que contenía un pequeño verso de una oración gala: 'May the road rise to meet you'. Recordaba haber visto la oración completa en algún lado, pero ahí solo figuraba el primer verso.
Hacia el frente había un pasillo con luces de navidad y una pared verde. En comparación con el techo del espacio de la entrada, el techo del pasillo era muy bajo. Con vigas de madera, parecía estar doblado. Desde la entrada, el pasillo parecía retorcerse y encogerse. Hacía curva así que no se podía ver el otro lado. Justo al lado del pasillo, una pequeña puerta con una inscripción tallada: kyniklos. Era tan pequeña que supuse que era de decoración, pero cuando empecé a andar por el pasillo oí cómo se abría y cerraba de golpe. Al girarme vi al conejo saliendo corriendo hacia la puerta principal.
Al empezar a andar por el pasillo las cosas empezaron a cambiar de color. Las luces de navidad estaban cambiando de color y al ser la única iluminación, todo seguía el ritmo. Mis manos también. Después de caminar un rato me di cuenta de que el techo seguía siendo igual de alto que siempre. Sin embargo las luces de navidad eran cada vez más grandes. Al terminar el pasillo miré para atrás y no logré ver más que pasillo y luces de navidad. Saqué mis cartas de mago por si alguien trataba de asustarme al terminar del pasillo, pero para mi sorpresa allí no había nada. El suelo era negro, pero podía ver que más adelante era blanco. Las paredes eran infinitas. No cabía duda. Me había encogido. Lo confirmé al encontrar una mosca muerta del tamaño de mi cabeza. Me desesperé. Corrí de un lado a otro buscando a alguien de mi tamaño, pero nadie me vió. Estaba en un restaurante de lujo y la gente era gigantesca. Todos estaban muy bien vestidos y sentados bien derechitos, pero a mí me daba tortícolis verlos desde tan abajo. Finalmente conseguí hablar con unos tipos de mi tamaño. Los encontré a unos tres minutos caminando, debajo de una mesa redonda en la que comían unas ocho personas muy serias. Los tipos de debajo de la mesa eran todo lo opuesto a los de arriba, no paraban de reirse y bebían Grogg. Unos iban con sombreros de piratas y los otros cantaban una canción interminable que al principio parecía no tener ningún sentido, luego me di cuenta de que era la misma canción que tocaba el tipo del callejón. Me invitaron a un trago y se rieron de mí porque se me veía en la cara que era la primera vez que 'mi polla era más pequeña que al bañarme en agua fria'. Al segundo trago empecé a conquistarlos con mis trucos de cartas. Uno de ellos casi enloquece intentando descubrirme. Al final se puso a llorar. Les pregunté si sabían cómo hacer para volver al tamaño normal y me dijeron que alguno lo había conseguido pensando en ello durante mucho rato, que otro lo había conseguido soplándose hacia adentro. Y que en realidad todos podíamos volver al tamaño normal cuando queríamos. Pero nosotros estamos muy bien aquí, dijeron. Y los dejé tomándose su alcohol duro. Al levantar el mantel para salir de allí, uno gritó: NO TE PRECIPITES!
Así que salí de debajo de la mesa y me dije: muy bien, quiero volver a medir lo de siempre. Y justo en ese momento, empecé a crecer y a crecer y toda mi ropa se desgarró. Y de repente me vi totalmente desnudo en un restaurante de lujo, con un grupo de gente seria mirándome, una señora se subió a una silla y gritó escandalizada, como si hubiera visto un ratón.
Y bueno, me había precipitado. Así que hice lo que pude y salí de allí corriendo y riéndome, medio borracho. La calle estaba bastante transitada y justo delante mio, el niño con mi globo rojo y la madre me miraron con cara de terror. De un salto que asustó al niño, le saqué el globo de la mano y volando me fui de allí.
A la derecha el espacio era más amplio, había varias mesas y al fondo, detrás de una cortina de humo había un grupo de gente jugando a cartas. Nadie parecía enterado de que entré. En la parte superior de la pared, cerca del techo, había un estante estrecho que rodeaba todo el espacio. Encima había una colección de latas, latas de todo tipo de bebidas y una sección con unas veinte latas de cocacola todas distintas. En una de las paredes me sorprendió un marco enorme que contenía un pequeño verso de una oración gala: 'May the road rise to meet you'. Recordaba haber visto la oración completa en algún lado, pero ahí solo figuraba el primer verso.
Hacia el frente había un pasillo con luces de navidad y una pared verde. En comparación con el techo del espacio de la entrada, el techo del pasillo era muy bajo. Con vigas de madera, parecía estar doblado. Desde la entrada, el pasillo parecía retorcerse y encogerse. Hacía curva así que no se podía ver el otro lado. Justo al lado del pasillo, una pequeña puerta con una inscripción tallada: kyniklos. Era tan pequeña que supuse que era de decoración, pero cuando empecé a andar por el pasillo oí cómo se abría y cerraba de golpe. Al girarme vi al conejo saliendo corriendo hacia la puerta principal.
Al empezar a andar por el pasillo las cosas empezaron a cambiar de color. Las luces de navidad estaban cambiando de color y al ser la única iluminación, todo seguía el ritmo. Mis manos también. Después de caminar un rato me di cuenta de que el techo seguía siendo igual de alto que siempre. Sin embargo las luces de navidad eran cada vez más grandes. Al terminar el pasillo miré para atrás y no logré ver más que pasillo y luces de navidad. Saqué mis cartas de mago por si alguien trataba de asustarme al terminar del pasillo, pero para mi sorpresa allí no había nada. El suelo era negro, pero podía ver que más adelante era blanco. Las paredes eran infinitas. No cabía duda. Me había encogido. Lo confirmé al encontrar una mosca muerta del tamaño de mi cabeza. Me desesperé. Corrí de un lado a otro buscando a alguien de mi tamaño, pero nadie me vió. Estaba en un restaurante de lujo y la gente era gigantesca. Todos estaban muy bien vestidos y sentados bien derechitos, pero a mí me daba tortícolis verlos desde tan abajo. Finalmente conseguí hablar con unos tipos de mi tamaño. Los encontré a unos tres minutos caminando, debajo de una mesa redonda en la que comían unas ocho personas muy serias. Los tipos de debajo de la mesa eran todo lo opuesto a los de arriba, no paraban de reirse y bebían Grogg. Unos iban con sombreros de piratas y los otros cantaban una canción interminable que al principio parecía no tener ningún sentido, luego me di cuenta de que era la misma canción que tocaba el tipo del callejón. Me invitaron a un trago y se rieron de mí porque se me veía en la cara que era la primera vez que 'mi polla era más pequeña que al bañarme en agua fria'. Al segundo trago empecé a conquistarlos con mis trucos de cartas. Uno de ellos casi enloquece intentando descubrirme. Al final se puso a llorar. Les pregunté si sabían cómo hacer para volver al tamaño normal y me dijeron que alguno lo había conseguido pensando en ello durante mucho rato, que otro lo había conseguido soplándose hacia adentro. Y que en realidad todos podíamos volver al tamaño normal cuando queríamos. Pero nosotros estamos muy bien aquí, dijeron. Y los dejé tomándose su alcohol duro. Al levantar el mantel para salir de allí, uno gritó: NO TE PRECIPITES!
Así que salí de debajo de la mesa y me dije: muy bien, quiero volver a medir lo de siempre. Y justo en ese momento, empecé a crecer y a crecer y toda mi ropa se desgarró. Y de repente me vi totalmente desnudo en un restaurante de lujo, con un grupo de gente seria mirándome, una señora se subió a una silla y gritó escandalizada, como si hubiera visto un ratón.
Y bueno, me había precipitado. Así que hice lo que pude y salí de allí corriendo y riéndome, medio borracho. La calle estaba bastante transitada y justo delante mio, el niño con mi globo rojo y la madre me miraron con cara de terror. De un salto que asustó al niño, le saqué el globo de la mano y volando me fui de allí.
viernes, 28 de agosto de 2009
De cuando perdí la cabeza
Una vez perdí la cabeza. Estaba algo despreocupado construyendo una pared. Me quité la cabeza un momento para subir una escalera y clavar un clavo y me golpeé en el dedo gordo con el martillo. Tiré el martillo al suelo y salté de la escalera gritando de dolor. Mi dedo gordo empezó a hincharse, como le pasa siempre al padre de mafalda cuando ella le pregunta algo extremo. Luego me olvidé de recoger mi cabeza y me fui a casa. Al día siguiente me fui de viaje. Conocí a un tipo barbudo que me dijo que era jesús y que tenía unos dos mil años. Lo invité a comer un bocadillo y me contó que las mujeres eran el diablo. Yo le dije que no era para tanto y él me dijo que en esa frase estaba reflejada toda la tentación diabólica de la que había sido víctima toda mi vida. Estaba totalmente manipulado por el diablo hasta tal punto que lo aceptaba en mi vida cotidiana. En cuanto terminó su bocadillo se levantó en medio de una frase y se fue corriendo detrás de una chica pelirroja que pasó por allí. Empezó a seguirla por la calle y la chica parecía bastante molesta. Pensé en ir a ayudarla o a ayudarlo a él con sus tentaciones diabólicas, pero en seguida la chica encontró a un grupo de gente con el que parecía conocerse. Luego el tipo barbudo dobló a la derecha por la primera calle. Me dejó un sabor de boca repugnante. A parte el bocadillo no estaba tan bueno.
Luego pasé cerca de un lago y me bañé. Había pequeños peces, más pequeños que mis dedos, que iban y venían y me acompañaban. A lo lejos, en el centro del lago, una mano me saludaba inquieta. Un rato más tarde paré en una casa de madera. En medio de un valle. Sólo se podía llegar hasta allí caminando, cruzando puentes colgantes y todo. Era una casita muy simple, un refugio construido a mano. Sin embargo allí vivía desde hacía ya 9 años, una pareja muy simpática. Él era montañista. Ella era escritora. La mezcla era extraña. Vivían de lo que cazaban. No tenían electricidad ni agua de grifo (pasaba un rio al lado de la casa. Cuándo tenían una emergencia venía un helicóptero y los rescataba. Algún invierno habían quedado enterrados en nieve y habían tenido que salir derritiéndola con un soplete que guardaban en la casa. Ella fue la primera en hacerme ver que tenía una mancha en el dedo gordo y yo le conté que era por el golpe con el martillo. Y ella me dijo que era más porque me había olvidado la cabeza. Yo le dije que la había perdido y nos reímos porque habíamos tomado bastnte vino. Tenían un montón de reservas de vino, no sé de dónde lo sacaban, me imagino que la gente que llegaba a visitarlos, como yo, debía de llevarles botellas. Al volver al pueblo, un borracho se acercó a mí y me dijo que yo no había perdido la cabeza, que la cabeza me había perdido a mí. Me dijo también que él lo veía todo azul desde hacía unos siete meses y que se había puesto a pedir citas en consultas médicas porque la mayoría de sus amigos se habían muerto por una cosa o por otra. Se había hecho casi todos los tests que podía hacerse y todos los resultados eran perfectos. Se sintió decepcionado. Tenía un ojo medio cristalizado, no era un ojo falso, pero tenía algo en un ojo que lo hacía bastante desagradable. Sin embargo su mirada era tranquila, no era un borracho violento. Me contó que ese día se había emborrachado porque había ido a hacerse unos análisis médicos. Su experiencia había sido tan desagradable que decidió dejarse de estupideces médicas. Al parecer le habían hecho ponerse a cuatro patas y le habían introducido una sonda por el culo. Me lo contaba con un aire melancólico. Y me decía: es que encima, no me han encontrado nada malo. Yo trataba de hacerle ver que eso era bueno, pero él estaba decepcionado de haberse pasado un año entero dedicado a mejorar su salud con un rechazo continuo de los médicos que siempre le decían que estaba en perfecto estado.
Finalmente, a la vuelta paré unos minutos en un supermercado. Quería comprarme unas galletas, pero había tantas y tan distintas que al final me compré una manzana y una bolsa de zanahorias. Haciendo la cola para pagar una mujer me pidió: que sea la última vez que compras zanahorias en bolsa. Me dijo que las zanahorias había que comprarlas con toda la parte verde, con hojitas y eso. Que las de la bolsa están en bolsa desde que nacen hasta uqe te las comes. Que se 'fabrican' en una especie de tierra que no es tierra sino directamente una especie de cosa vizcosa y crecen directamente dentro de la bolsa. Me pareció bastante asqueroso y le prometí que nunca más compraría zanahorias sin rabillo en bolsa.
Cuando llegué a casa, mi cabeza estaba empaquetada en la puerta. Me la mandaba uno de mis compañeros de trabajo. Al abrir el paquete vi que algo había cambiado. Durante unos días mi cabeza y mi cuerpo no se llevaron bien.
Luego pasé cerca de un lago y me bañé. Había pequeños peces, más pequeños que mis dedos, que iban y venían y me acompañaban. A lo lejos, en el centro del lago, una mano me saludaba inquieta. Un rato más tarde paré en una casa de madera. En medio de un valle. Sólo se podía llegar hasta allí caminando, cruzando puentes colgantes y todo. Era una casita muy simple, un refugio construido a mano. Sin embargo allí vivía desde hacía ya 9 años, una pareja muy simpática. Él era montañista. Ella era escritora. La mezcla era extraña. Vivían de lo que cazaban. No tenían electricidad ni agua de grifo (pasaba un rio al lado de la casa. Cuándo tenían una emergencia venía un helicóptero y los rescataba. Algún invierno habían quedado enterrados en nieve y habían tenido que salir derritiéndola con un soplete que guardaban en la casa. Ella fue la primera en hacerme ver que tenía una mancha en el dedo gordo y yo le conté que era por el golpe con el martillo. Y ella me dijo que era más porque me había olvidado la cabeza. Yo le dije que la había perdido y nos reímos porque habíamos tomado bastnte vino. Tenían un montón de reservas de vino, no sé de dónde lo sacaban, me imagino que la gente que llegaba a visitarlos, como yo, debía de llevarles botellas. Al volver al pueblo, un borracho se acercó a mí y me dijo que yo no había perdido la cabeza, que la cabeza me había perdido a mí. Me dijo también que él lo veía todo azul desde hacía unos siete meses y que se había puesto a pedir citas en consultas médicas porque la mayoría de sus amigos se habían muerto por una cosa o por otra. Se había hecho casi todos los tests que podía hacerse y todos los resultados eran perfectos. Se sintió decepcionado. Tenía un ojo medio cristalizado, no era un ojo falso, pero tenía algo en un ojo que lo hacía bastante desagradable. Sin embargo su mirada era tranquila, no era un borracho violento. Me contó que ese día se había emborrachado porque había ido a hacerse unos análisis médicos. Su experiencia había sido tan desagradable que decidió dejarse de estupideces médicas. Al parecer le habían hecho ponerse a cuatro patas y le habían introducido una sonda por el culo. Me lo contaba con un aire melancólico. Y me decía: es que encima, no me han encontrado nada malo. Yo trataba de hacerle ver que eso era bueno, pero él estaba decepcionado de haberse pasado un año entero dedicado a mejorar su salud con un rechazo continuo de los médicos que siempre le decían que estaba en perfecto estado.
Finalmente, a la vuelta paré unos minutos en un supermercado. Quería comprarme unas galletas, pero había tantas y tan distintas que al final me compré una manzana y una bolsa de zanahorias. Haciendo la cola para pagar una mujer me pidió: que sea la última vez que compras zanahorias en bolsa. Me dijo que las zanahorias había que comprarlas con toda la parte verde, con hojitas y eso. Que las de la bolsa están en bolsa desde que nacen hasta uqe te las comes. Que se 'fabrican' en una especie de tierra que no es tierra sino directamente una especie de cosa vizcosa y crecen directamente dentro de la bolsa. Me pareció bastante asqueroso y le prometí que nunca más compraría zanahorias sin rabillo en bolsa.
Cuando llegué a casa, mi cabeza estaba empaquetada en la puerta. Me la mandaba uno de mis compañeros de trabajo. Al abrir el paquete vi que algo había cambiado. Durante unos días mi cabeza y mi cuerpo no se llevaron bien.
el edificio perfecto
Fanta de limón. Cada mediodía, durante dos años, tomé una fanta de limón. Bebiéndola, entre horas de clases, comíamos pipas y contábamos historias. Yo solía estar callado y escuchar. En realidad no me intersaba demasiado estar allí. Sin embargo ahí estaba cada día, con la fanta limón y las pipas de girasol, escupiéndo las cáscaras al suelo como buen quinceañero. Pensando probablemente en el día anterior, tarareando una canción que me tuviera atrapado. La cosa es que escuchaba historias de otras personas y trataba de empatizar con ellas. No se me daba muy bien. Un día me hablaron de un edificio. El edificio era, a mi ver, lo más inútil del planeta. Sin embargo, era un referente en la utilización del espacio, de los materiales. una auténtica genialidad. Todo encajaba perfectamente, todo estaba ahí porque tenía que ser así. Y después de toda esa genialidad, el edificio seguía vacío y nadie sabía muy bien para qué usarlo. De vez en cuando lo usan para alguna exposición o algo por el estilo. Pero la mayor parte del tiempo está ahí vacío, a la vista de todo el mundo. Mostrando su perfección a miles de turistas, posando como modelo para estudiantes de diseño o de arquitectura. Y como cada día, la historia se acabó, la fanta de limón también.
Años más tarde encontré ese edificio. Le di la vuelta. Lo observé desde todos los ángulos y perspectivas. Ahí estaba, descansando. Perfecto. Silencioso. Satisfecho. En paz. Vacío. Y algún alumno de arquitectura o de diseño lo retrataba en algún boceto. O contemplaba cómo se desplazaban las sombras perfectas que le regalaba el sol.
Y sí. Finalmente, entendí esa belleza. Pero sigo pensando que como edificio es totalmente inútil.
Años más tarde encontré ese edificio. Le di la vuelta. Lo observé desde todos los ángulos y perspectivas. Ahí estaba, descansando. Perfecto. Silencioso. Satisfecho. En paz. Vacío. Y algún alumno de arquitectura o de diseño lo retrataba en algún boceto. O contemplaba cómo se desplazaban las sombras perfectas que le regalaba el sol.
Y sí. Finalmente, entendí esa belleza. Pero sigo pensando que como edificio es totalmente inútil.
indigestión
Entonces alguien te dice algo. Tú lo escuchas y empiezas a digerirlo. Y a los diez minutos o así notas que esas palabras llevaban podridas en la nevera unos cuantos días. No es que lo notas, es que ves el plato con moho de dónde salieron. Totalmente condicionado, empiezas a sentirte mal. Piensas en tus órganos internos. Ves fluidos ácidos revolcándose heróicamente con las palabras indigestas. Ves a tu estómago moviéndose. Tu pulso se acelera. Todo tu organismo empieza un combate para eliminar la pestilencia. La diferencia es que con las palabras todo ocurre en la mente, y que la indigestión cerebral se presenta más compleja que la estomacal. Aunque debería ser lo mismo. Un brindis por el entra-sale literario.
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