domingo, 20 de febrero de 2011

Ciego

Después de tomar el café de todas las mañanas, volví a la cama. Era domingo, estaba solo y llovía. La noche anterior me habían despertado a las tantas con una llamada de teléfono para decirme que habían pensado en mí. La cosa es que podía tirarme en la cama tranquilamente y arriesgarme a quedarme dormido porque lo interesante de la mañana del domingo ya había pasado y el descanso me iba a sentar bien. Es extraño tener que justificar este tipo de actos.
Cuando me metí en la cama cogí un libro al azar de la estantería y me puse a hojearlo. No tenía ningún interés en leer nada en particular. Podía ver la lluvia por la ventana y una copa de un árbol bailando contenta. Solo quería algo que me diera un poco de sueño. Me puse a leer una página al azar de La Extraña de Sandor Marai. Alcancé a leer la frase 'Por la mañana despertó temprano, se sentó a la mesa y escribió tres cartas.' Hacia el final de la frase me di cuenta de que me estaba costando demasiado enfocar el texto. Como si hubiera estado mirando largo rato a una bombilla, veía el texto detrás de un halo de luz que me molestaba demasiado para seguir leyendo. Decidí cerrar el libro y dejarlo caer al suelo y dormir un rato. Al cerrar los ojos, la luz que veía sobre las letras seguía estando presente. Por un momento pensé que había estado mirando el sol pero recordé que estaba lloviendo. Intenté olvidarme del asunto pero cada vez se hacía más intenso y me ponía más nervioso. A los diez minutos de dar vueltas en la cama decidí levantarme y vestirme. Me costó horrores porque aunque veía los objetos, la ropa, los zapatos, todo quedaba quemado por la luz que estaba marcada en mi retina.
Habiéndome vestido salí a la calle casi corriendo, intentando buscar algún horizonte, algún espacio grande donde mi vista pudiera descansar. Crucé varias calles hasta alcanzar una zona medio montañosa y empecé a subir por un camino de tierra mojado. No conseguía ver dónde apoyaba los pies y tropecé varias veces. Seguí caminando hacia arriba sin parar, sin dejar de probar mi vista mirando hacia distintas distancias. Tratando de enfocar las cosas como siempre lo hago. Pero no había manera, ya no sabía si era el ojo izquierdo o el derecho el que me estaba dando el problema o si eran los dos.
Al rato de caminar por la montaña la luz empezó a parpadear muy rápidamente. Yo no entendía nada, pero entre la lluvia y lo poco que veía decidí buscar algún árbol o algún sitio donde protegerme un poco. A unos metros de mi encontré un almendro en flor. Estaba envuelto de abejas, se oía el zumbido perfectamente y el suelo se había cubierto de pétalos blancos. A un lado del almendro había una pequeña gruta. No era una gruta natural sino que alguien la había hecho, colocando piedras una encima de otra. El acceso era complicado porque había varias plantas que habían crecido más de la cuenta. Logré meterme dentro y me asusté un poco cuando vi una maleta con ropa y unas mantas. ALLÍ VIVÍA ALGUIEN.

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