viernes, 28 de agosto de 2009

De cuando perdí la cabeza

Una vez perdí la cabeza. Estaba algo despreocupado construyendo una pared. Me quité la cabeza un momento para subir una escalera y clavar un clavo y me golpeé en el dedo gordo con el martillo. Tiré el martillo al suelo y salté de la escalera gritando de dolor. Mi dedo gordo empezó a hincharse, como le pasa siempre al padre de mafalda cuando ella le pregunta algo extremo. Luego me olvidé de recoger mi cabeza y me fui a casa. Al día siguiente me fui de viaje. Conocí a un tipo barbudo que me dijo que era jesús y que tenía unos dos mil años. Lo invité a comer un bocadillo y me contó que las mujeres eran el diablo. Yo le dije que no era para tanto y él me dijo que en esa frase estaba reflejada toda la tentación diabólica de la que había sido víctima toda mi vida. Estaba totalmente manipulado por el diablo hasta tal punto que lo aceptaba en mi vida cotidiana. En cuanto terminó su bocadillo se levantó en medio de una frase y se fue corriendo detrás de una chica pelirroja que pasó por allí. Empezó a seguirla por la calle y la chica parecía bastante molesta. Pensé en ir a ayudarla o a ayudarlo a él con sus tentaciones diabólicas, pero en seguida la chica encontró a un grupo de gente con el que parecía conocerse. Luego el tipo barbudo dobló a la derecha por la primera calle. Me dejó un sabor de boca repugnante. A parte el bocadillo no estaba tan bueno.
Luego pasé cerca de un lago y me bañé. Había pequeños peces, más pequeños que mis dedos, que iban y venían y me acompañaban. A lo lejos, en el centro del lago, una mano me saludaba inquieta. Un rato más tarde paré en una casa de madera. En medio de un valle. Sólo se podía llegar hasta allí caminando, cruzando puentes colgantes y todo. Era una casita muy simple, un refugio construido a mano. Sin embargo allí vivía desde hacía ya 9 años, una pareja muy simpática. Él era montañista. Ella era escritora. La mezcla era extraña. Vivían de lo que cazaban. No tenían electricidad ni agua de grifo (pasaba un rio al lado de la casa. Cuándo tenían una emergencia venía un helicóptero y los rescataba. Algún invierno habían quedado enterrados en nieve y habían tenido que salir derritiéndola con un soplete que guardaban en la casa. Ella fue la primera en hacerme ver que tenía una mancha en el dedo gordo y yo le conté que era por el golpe con el martillo. Y ella me dijo que era más porque me había olvidado la cabeza. Yo le dije que la había perdido y nos reímos porque habíamos tomado bastnte vino. Tenían un montón de reservas de vino, no sé de dónde lo sacaban, me imagino que la gente que llegaba a visitarlos, como yo, debía de llevarles botellas. Al volver al pueblo, un borracho se acercó a mí y me dijo que yo no había perdido la cabeza, que la cabeza me había perdido a mí. Me dijo también que él lo veía todo azul desde hacía unos siete meses y que se había puesto a pedir citas en consultas médicas porque la mayoría de sus amigos se habían muerto por una cosa o por otra. Se había hecho casi todos los tests que podía hacerse y todos los resultados eran perfectos. Se sintió decepcionado. Tenía un ojo medio cristalizado, no era un ojo falso, pero tenía algo en un ojo que lo hacía bastante desagradable. Sin embargo su mirada era tranquila, no era un borracho violento. Me contó que ese día se había emborrachado porque había ido a hacerse unos análisis médicos. Su experiencia había sido tan desagradable que decidió dejarse de estupideces médicas. Al parecer le habían hecho ponerse a cuatro patas y le habían introducido una sonda por el culo. Me lo contaba con un aire melancólico. Y me decía: es que encima, no me han encontrado nada malo. Yo trataba de hacerle ver que eso era bueno, pero él estaba decepcionado de haberse pasado un año entero dedicado a mejorar su salud con un rechazo continuo de los médicos que siempre le decían que estaba en perfecto estado.
Finalmente, a la vuelta paré unos minutos en un supermercado. Quería comprarme unas galletas, pero había tantas y tan distintas que al final me compré una manzana y una bolsa de zanahorias. Haciendo la cola para pagar una mujer me pidió: que sea la última vez que compras zanahorias en bolsa. Me dijo que las zanahorias había que comprarlas con toda la parte verde, con hojitas y eso. Que las de la bolsa están en bolsa desde que nacen hasta uqe te las comes. Que se 'fabrican' en una especie de tierra que no es tierra sino directamente una especie de cosa vizcosa y crecen directamente dentro de la bolsa. Me pareció bastante asqueroso y le prometí que nunca más compraría zanahorias sin rabillo en bolsa.
Cuando llegué a casa, mi cabeza estaba empaquetada en la puerta. Me la mandaba uno de mis compañeros de trabajo. Al abrir el paquete vi que algo había cambiado. Durante unos días mi cabeza y mi cuerpo no se llevaron bien.

el edificio perfecto

Fanta de limón. Cada mediodía, durante dos años, tomé una fanta de limón. Bebiéndola, entre horas de clases, comíamos pipas y contábamos historias. Yo solía estar callado y escuchar. En realidad no me intersaba demasiado estar allí. Sin embargo ahí estaba cada día, con la fanta limón y las pipas de girasol, escupiéndo las cáscaras al suelo como buen quinceañero. Pensando probablemente en el día anterior, tarareando una canción que me tuviera atrapado. La cosa es que escuchaba historias de otras personas y trataba de empatizar con ellas. No se me daba muy bien. Un día me hablaron de un edificio. El edificio era, a mi ver, lo más inútil del planeta. Sin embargo, era un referente en la utilización del espacio, de los materiales. una auténtica genialidad. Todo encajaba perfectamente, todo estaba ahí porque tenía que ser así. Y después de toda esa genialidad, el edificio seguía vacío y nadie sabía muy bien para qué usarlo. De vez en cuando lo usan para alguna exposición o algo por el estilo. Pero la mayor parte del tiempo está ahí vacío, a la vista de todo el mundo. Mostrando su perfección a miles de turistas, posando como modelo para estudiantes de diseño o de arquitectura. Y como cada día, la historia se acabó, la fanta de limón también.
Años más tarde encontré ese edificio. Le di la vuelta. Lo observé desde todos los ángulos y perspectivas. Ahí estaba, descansando. Perfecto. Silencioso. Satisfecho. En paz. Vacío. Y algún alumno de arquitectura o de diseño lo retrataba en algún boceto. O contemplaba cómo se desplazaban las sombras perfectas que le regalaba el sol.
Y sí. Finalmente, entendí esa belleza. Pero sigo pensando que como edificio es totalmente inútil.

indigestión

Entonces alguien te dice algo. Tú lo escuchas y empiezas a digerirlo. Y a los diez minutos o así notas que esas palabras llevaban podridas en la nevera unos cuantos días. No es que lo notas, es que ves el plato con moho de dónde salieron. Totalmente condicionado, empiezas a sentirte mal. Piensas en tus órganos internos. Ves fluidos ácidos revolcándose heróicamente con las palabras indigestas. Ves a tu estómago moviéndose. Tu pulso se acelera. Todo tu organismo empieza un combate para eliminar la pestilencia. La diferencia es que con las palabras todo ocurre en la mente, y que la indigestión cerebral se presenta más compleja que la estomacal. Aunque debería ser lo mismo. Un brindis por el entra-sale literario.

martes, 18 de agosto de 2009

Pan con Tomate vs Pan con Mayonesa.

- El pan con tomate es mejor que el pan con mayonesa. -Dice un catalán.
- El tomate mata el sabor de todo. -Dice una madrileña.
- El pan con tomate es como un super héroe con su capa. -Dice un catalán.

Mientras tanto yo pienso en chilaquiles. Cada cual, a su casa.

Mantis

Hoy salí al balcón y me picó una mantis religiosa en el dedo gordo del pie. Pensé que iba a morir y en el balcón sólo quedó mi sandalia con la mantis encima. Desde el otro lado de la ventana, observé su quietud como si estuviera mirando a king kong.

sábado, 15 de agosto de 2009

Adicción

Si lloro, me quieren más.

Amigos



- No lo vas a creer.
- ¿Qué pasa?
- Tenemos que volver a empezar.
- No.
- Sí.
- Estás borracho.
- Sí.
- Cuatro días de trabajo. No me hace gracia.
- No te preocupes.
- No, no me preocupo, me cabreo.
- No te cabrées. Podemos seguir dónde estábamos.
- No me lo creo.
- No lo vas a creer.
- ¿Qué pasa?
- Tenemos que volver a empezar.
- No.
- Sí.

Psicología

Sólo busqué una explicación pero me dieron seis. Y es que al personaje blanco que aparecía a los pies de mi cama después de varias pesadillas no le gustan las etiquetas. Es exáctamente lo que yo quiera. Soy yo. Tengo que tomar más el sol.

Dar vueltas


Miro su cara. Miro bien su cara y me doy cuenta de que deja de ser la cara de siempre. Deja de ser la cara que cada mañana me sorprende con un gesto distinto al despertarla. Miro su cara y ya la extraño. Después de dar unas vueltas con esa idea, acabo sin saber dónde estoy. Exactamente sin saber dónde está la gasolinera y el complejo industrial desaforadamente iluminado que conforman mi paisaje. Seguramente el otro camino era el correcto.