Una vez perdí la cabeza. Estaba algo despreocupado construyendo una pared. Me quité la cabeza un momento para subir una escalera y clavar un clavo y me golpeé en el dedo gordo con el martillo. Tiré el martillo al suelo y salté de la escalera gritando de dolor. Mi dedo gordo empezó a hincharse, como le pasa siempre al padre de mafalda cuando ella le pregunta algo extremo. Luego me olvidé de recoger mi cabeza y me fui a casa. Al día siguiente me fui de viaje. Conocí a un tipo barbudo que me dijo que era jesús y que tenía unos dos mil años. Lo invité a comer un bocadillo y me contó que las mujeres eran el diablo. Yo le dije que no era para tanto y él me dijo que en esa frase estaba reflejada toda la tentación diabólica de la que había sido víctima toda mi vida. Estaba totalmente manipulado por el diablo hasta tal punto que lo aceptaba en mi vida cotidiana. En cuanto terminó su bocadillo se levantó en medio de una frase y se fue corriendo detrás de una chica pelirroja que pasó por allí. Empezó a seguirla por la calle y la chica parecía bastante molesta. Pensé en ir a ayudarla o a ayudarlo a él con sus tentaciones diabólicas, pero en seguida la chica encontró a un grupo de gente con el que parecía conocerse. Luego el tipo barbudo dobló a la derecha por la primera calle. Me dejó un sabor de boca repugnante. A parte el bocadillo no estaba tan bueno.
Luego pasé cerca de un lago y me bañé. Había pequeños peces, más pequeños que mis dedos, que iban y venían y me acompañaban. A lo lejos, en el centro del lago, una mano me saludaba inquieta. Un rato más tarde paré en una casa de madera. En medio de un valle. Sólo se podía llegar hasta allí caminando, cruzando puentes colgantes y todo. Era una casita muy simple, un refugio construido a mano. Sin embargo allí vivía desde hacía ya 9 años, una pareja muy simpática. Él era montañista. Ella era escritora. La mezcla era extraña. Vivían de lo que cazaban. No tenían electricidad ni agua de grifo (pasaba un rio al lado de la casa. Cuándo tenían una emergencia venía un helicóptero y los rescataba. Algún invierno habían quedado enterrados en nieve y habían tenido que salir derritiéndola con un soplete que guardaban en la casa. Ella fue la primera en hacerme ver que tenía una mancha en el dedo gordo y yo le conté que era por el golpe con el martillo. Y ella me dijo que era más porque me había olvidado la cabeza. Yo le dije que la había perdido y nos reímos porque habíamos tomado bastnte vino. Tenían un montón de reservas de vino, no sé de dónde lo sacaban, me imagino que la gente que llegaba a visitarlos, como yo, debía de llevarles botellas. Al volver al pueblo, un borracho se acercó a mí y me dijo que yo no había perdido la cabeza, que la cabeza me había perdido a mí. Me dijo también que él lo veía todo azul desde hacía unos siete meses y que se había puesto a pedir citas en consultas médicas porque la mayoría de sus amigos se habían muerto por una cosa o por otra. Se había hecho casi todos los tests que podía hacerse y todos los resultados eran perfectos. Se sintió decepcionado. Tenía un ojo medio cristalizado, no era un ojo falso, pero tenía algo en un ojo que lo hacía bastante desagradable. Sin embargo su mirada era tranquila, no era un borracho violento. Me contó que ese día se había emborrachado porque había ido a hacerse unos análisis médicos. Su experiencia había sido tan desagradable que decidió dejarse de estupideces médicas. Al parecer le habían hecho ponerse a cuatro patas y le habían introducido una sonda por el culo. Me lo contaba con un aire melancólico. Y me decía: es que encima, no me han encontrado nada malo. Yo trataba de hacerle ver que eso era bueno, pero él estaba decepcionado de haberse pasado un año entero dedicado a mejorar su salud con un rechazo continuo de los médicos que siempre le decían que estaba en perfecto estado.
Finalmente, a la vuelta paré unos minutos en un supermercado. Quería comprarme unas galletas, pero había tantas y tan distintas que al final me compré una manzana y una bolsa de zanahorias. Haciendo la cola para pagar una mujer me pidió: que sea la última vez que compras zanahorias en bolsa. Me dijo que las zanahorias había que comprarlas con toda la parte verde, con hojitas y eso. Que las de la bolsa están en bolsa desde que nacen hasta uqe te las comes. Que se 'fabrican' en una especie de tierra que no es tierra sino directamente una especie de cosa vizcosa y crecen directamente dentro de la bolsa. Me pareció bastante asqueroso y le prometí que nunca más compraría zanahorias sin rabillo en bolsa.
Cuando llegué a casa, mi cabeza estaba empaquetada en la puerta. Me la mandaba uno de mis compañeros de trabajo. Al abrir el paquete vi que algo había cambiado. Durante unos días mi cabeza y mi cuerpo no se llevaron bien.
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