En un examen de filosofía me preguntaron si la vida tendía a organizarse o a desorganizarse. Yo contesté que tendía a desorganizarse. Luego hablé con la que entonces era mi novia y ella me dijo que me había equivocado. Por ejemplo, me dijo, cuando en un concierto la gente empieza a aplaudir, todos los aplausos empiezan descoordinados, sin embargo, si los aplausos duran un rato, siempre se acaban sincronizando rítmicamente. Entonces me pareció una explicación estupenda. A día de hoy, la sensación vital es más difusa. El orden y el desorden quedan para tomar el té a las cinco pero lo acaban tomando a las nueve y les da igual. Los aplausos no duran toda la vida. En cuanto se organizan, pasa la euforia y algunos dejan de aplaudir. Finalmente algún exaltado da el último aplauso. Y los aplausos mueren después de una agonía asíncrona y decadente.
jueves, 22 de octubre de 2009
lunes, 5 de octubre de 2009
Comunicando
Llegan sus palabras con algo de retraso. Primero las pronuncia, luego viajan hasta mi oido, por teléfono. Mi martillo, mi estribo y mi yunque se ponen a bailar. Y no sé en qué momento se me erizan los pelos de los brazos o se me encienden los ojos. O el estímulo sonoro llega realmente a mi cerebro y éste ordena que los pelos se pongan de pie y los ojos distorsionen. O directamente las palabras llegan cargadas de algún tipo de energía anticientífica, capaz de envolver mi cuerpo y modificarlo. Creo que las dos cosas suceden a la vez. Primero la ráfaga energética paranormal, luego mi cerebro procesa. Y así llegan sus palabras con retraso. Y primero mi cuerpo se estremece y luego empiezo a descifrar qué me está diciendo.
Como cuando uno piensa en voz alta. La idea está ahí, pero no cuaja hasta que las palabras no se pronuncian perfectamente.
Como cuando uno piensa en voz alta. La idea está ahí, pero no cuaja hasta que las palabras no se pronuncian perfectamente.
viernes, 2 de octubre de 2009
Conversación bucal
En un ataque de autoestima los dientes gritaron:
- Somos los más duros de esta cueva!
Y la lengua contestó:
- Está bien, a veces me aplastáis y me hacéis alguna herida, pero justamente por ser la más blanda ni me rompo ni me caigo. A parte, saboreo la vida en cada momento y no me pueden reemplazar.
Después de oir esto los dientes tuvieron dentera.
- Somos los más duros de esta cueva!
Y la lengua contestó:
- Está bien, a veces me aplastáis y me hacéis alguna herida, pero justamente por ser la más blanda ni me rompo ni me caigo. A parte, saboreo la vida en cada momento y no me pueden reemplazar.
Después de oir esto los dientes tuvieron dentera.
viernes, 18 de septiembre de 2009
No te precipites
eran las tres, eran las cuatro. Compré un globo rojo y paseé por ahí. No tenía hambre, ni tenía sed. Era un hombre con un globo rojo. Un niño me miró y me pidió el globo. Se lo dí. Su madre me dio las gracias. Conté los pasos hasta la siguiente esquina. 17, 18, 19, 20, 21, 22, 23 y como no quise acabar en un número primo, dí un pasito corto y tramposo y salí victorioso. Everyday heroe. Entré así en una nueva calle. Nunca había estado allí. Era una calle peatonal, poco transitada. Oí una música parecida a la de un circo que venía de detrás de la curva. Antes de la curva me quedé mirando unos graffitis. En uno había un triángulo con un ojo. Típico. El otro era un dibujo de un hombre y una mujer, con un trazado infantil, desnudos. Los dos miraban hacia arriba. Arriba estaba el ojo. La mujer señala, el hombre mira. Al doblar la curva me encuentré al tipo que hacía la música. Era un tipo moreno, con bigote y sombrero de cowboy. Tenía una especie de acordeón apoyado en un palo. Parecía el instrumento de un pirata cojo. No tocaba muy bien. Las notas se entremezclaban y la melodía sonaba como tropezada, como si le hubiera faltado una pata. Cuando acabó su canción le dí unas monedas y él me contestó diciendo buen viaje. Más adelante había una tienda de disfraces. Entré y me compré un disfraz de mago. Tenía capa y sombrero. Y así paseé por el callejón. En cuanto me despisté, un conejo saltó del sombrero y me dijo algo que no conseguí entender. Creo que estaba hablándome en latín. Al ver que no lo entiendí, el conejo me miró confundido y repitió la frase. Seguí sin entenderle. Entonces el conejo se puso a dar saltitos y yo traté de seguirlo. Nada, el conejo dobló en una esquina, pero iba muy rápido, cuando llegué allí, ya no lo vi por ningún lado. Justo en esa esquina había una entrada a un local llamado Tlön. La carrera para perseguir al conejo me había dejado algo sediento, así que entré en Tlön pensando que era un bar cualquiera. El local era oscuro y estaba lleno de detalles, amontonados en las paredes. Muchísimos cuadritos oscuros, como si llevaran comiendo humo durante dos siglos. Sin embargo, a pesar de la tiniebla del lugar, todo se podía contemplar con un nivel de detalle poco común. Los artículos de decoración tenían una especie de luz propia, nada eléctrico, una especie de brillo natural que hacía que tuvieras la sensación de que todo estaba vivo allí. Todas las piezas, todas las partes del local parecían estar flotando en una especie de antigravedad. A la izuquierda había un espacio pequeño, un sofá rojo, dos pequeñas butacas verdes y una mesita de madera con un solo pie en forma de cono. La mesa era circular y el cono estaba invertido. Mágicamente, la mesa se soportaba por el vértice del cono y mantenía un equilibrio perfecto. En las paredes había recortes de periódicos enmarcados y un cuadro de un niño meando en un rio. Había un pequeño estante lleno de folletos y propaganda y un candelabro escondido detrás de un montón de cera. Una lámpara ovalada roja colgaba del techo, aunque no se podía ver el cable que la soportaba.
A la derecha el espacio era más amplio, había varias mesas y al fondo, detrás de una cortina de humo había un grupo de gente jugando a cartas. Nadie parecía enterado de que entré. En la parte superior de la pared, cerca del techo, había un estante estrecho que rodeaba todo el espacio. Encima había una colección de latas, latas de todo tipo de bebidas y una sección con unas veinte latas de cocacola todas distintas. En una de las paredes me sorprendió un marco enorme que contenía un pequeño verso de una oración gala: 'May the road rise to meet you'. Recordaba haber visto la oración completa en algún lado, pero ahí solo figuraba el primer verso.
Hacia el frente había un pasillo con luces de navidad y una pared verde. En comparación con el techo del espacio de la entrada, el techo del pasillo era muy bajo. Con vigas de madera, parecía estar doblado. Desde la entrada, el pasillo parecía retorcerse y encogerse. Hacía curva así que no se podía ver el otro lado. Justo al lado del pasillo, una pequeña puerta con una inscripción tallada: kyniklos. Era tan pequeña que supuse que era de decoración, pero cuando empecé a andar por el pasillo oí cómo se abría y cerraba de golpe. Al girarme vi al conejo saliendo corriendo hacia la puerta principal.
Al empezar a andar por el pasillo las cosas empezaron a cambiar de color. Las luces de navidad estaban cambiando de color y al ser la única iluminación, todo seguía el ritmo. Mis manos también. Después de caminar un rato me di cuenta de que el techo seguía siendo igual de alto que siempre. Sin embargo las luces de navidad eran cada vez más grandes. Al terminar el pasillo miré para atrás y no logré ver más que pasillo y luces de navidad. Saqué mis cartas de mago por si alguien trataba de asustarme al terminar del pasillo, pero para mi sorpresa allí no había nada. El suelo era negro, pero podía ver que más adelante era blanco. Las paredes eran infinitas. No cabía duda. Me había encogido. Lo confirmé al encontrar una mosca muerta del tamaño de mi cabeza. Me desesperé. Corrí de un lado a otro buscando a alguien de mi tamaño, pero nadie me vió. Estaba en un restaurante de lujo y la gente era gigantesca. Todos estaban muy bien vestidos y sentados bien derechitos, pero a mí me daba tortícolis verlos desde tan abajo. Finalmente conseguí hablar con unos tipos de mi tamaño. Los encontré a unos tres minutos caminando, debajo de una mesa redonda en la que comían unas ocho personas muy serias. Los tipos de debajo de la mesa eran todo lo opuesto a los de arriba, no paraban de reirse y bebían Grogg. Unos iban con sombreros de piratas y los otros cantaban una canción interminable que al principio parecía no tener ningún sentido, luego me di cuenta de que era la misma canción que tocaba el tipo del callejón. Me invitaron a un trago y se rieron de mí porque se me veía en la cara que era la primera vez que 'mi polla era más pequeña que al bañarme en agua fria'. Al segundo trago empecé a conquistarlos con mis trucos de cartas. Uno de ellos casi enloquece intentando descubrirme. Al final se puso a llorar. Les pregunté si sabían cómo hacer para volver al tamaño normal y me dijeron que alguno lo había conseguido pensando en ello durante mucho rato, que otro lo había conseguido soplándose hacia adentro. Y que en realidad todos podíamos volver al tamaño normal cuando queríamos. Pero nosotros estamos muy bien aquí, dijeron. Y los dejé tomándose su alcohol duro. Al levantar el mantel para salir de allí, uno gritó: NO TE PRECIPITES!
Así que salí de debajo de la mesa y me dije: muy bien, quiero volver a medir lo de siempre. Y justo en ese momento, empecé a crecer y a crecer y toda mi ropa se desgarró. Y de repente me vi totalmente desnudo en un restaurante de lujo, con un grupo de gente seria mirándome, una señora se subió a una silla y gritó escandalizada, como si hubiera visto un ratón.
Y bueno, me había precipitado. Así que hice lo que pude y salí de allí corriendo y riéndome, medio borracho. La calle estaba bastante transitada y justo delante mio, el niño con mi globo rojo y la madre me miraron con cara de terror. De un salto que asustó al niño, le saqué el globo de la mano y volando me fui de allí.
A la derecha el espacio era más amplio, había varias mesas y al fondo, detrás de una cortina de humo había un grupo de gente jugando a cartas. Nadie parecía enterado de que entré. En la parte superior de la pared, cerca del techo, había un estante estrecho que rodeaba todo el espacio. Encima había una colección de latas, latas de todo tipo de bebidas y una sección con unas veinte latas de cocacola todas distintas. En una de las paredes me sorprendió un marco enorme que contenía un pequeño verso de una oración gala: 'May the road rise to meet you'. Recordaba haber visto la oración completa en algún lado, pero ahí solo figuraba el primer verso.
Hacia el frente había un pasillo con luces de navidad y una pared verde. En comparación con el techo del espacio de la entrada, el techo del pasillo era muy bajo. Con vigas de madera, parecía estar doblado. Desde la entrada, el pasillo parecía retorcerse y encogerse. Hacía curva así que no se podía ver el otro lado. Justo al lado del pasillo, una pequeña puerta con una inscripción tallada: kyniklos. Era tan pequeña que supuse que era de decoración, pero cuando empecé a andar por el pasillo oí cómo se abría y cerraba de golpe. Al girarme vi al conejo saliendo corriendo hacia la puerta principal.
Al empezar a andar por el pasillo las cosas empezaron a cambiar de color. Las luces de navidad estaban cambiando de color y al ser la única iluminación, todo seguía el ritmo. Mis manos también. Después de caminar un rato me di cuenta de que el techo seguía siendo igual de alto que siempre. Sin embargo las luces de navidad eran cada vez más grandes. Al terminar el pasillo miré para atrás y no logré ver más que pasillo y luces de navidad. Saqué mis cartas de mago por si alguien trataba de asustarme al terminar del pasillo, pero para mi sorpresa allí no había nada. El suelo era negro, pero podía ver que más adelante era blanco. Las paredes eran infinitas. No cabía duda. Me había encogido. Lo confirmé al encontrar una mosca muerta del tamaño de mi cabeza. Me desesperé. Corrí de un lado a otro buscando a alguien de mi tamaño, pero nadie me vió. Estaba en un restaurante de lujo y la gente era gigantesca. Todos estaban muy bien vestidos y sentados bien derechitos, pero a mí me daba tortícolis verlos desde tan abajo. Finalmente conseguí hablar con unos tipos de mi tamaño. Los encontré a unos tres minutos caminando, debajo de una mesa redonda en la que comían unas ocho personas muy serias. Los tipos de debajo de la mesa eran todo lo opuesto a los de arriba, no paraban de reirse y bebían Grogg. Unos iban con sombreros de piratas y los otros cantaban una canción interminable que al principio parecía no tener ningún sentido, luego me di cuenta de que era la misma canción que tocaba el tipo del callejón. Me invitaron a un trago y se rieron de mí porque se me veía en la cara que era la primera vez que 'mi polla era más pequeña que al bañarme en agua fria'. Al segundo trago empecé a conquistarlos con mis trucos de cartas. Uno de ellos casi enloquece intentando descubrirme. Al final se puso a llorar. Les pregunté si sabían cómo hacer para volver al tamaño normal y me dijeron que alguno lo había conseguido pensando en ello durante mucho rato, que otro lo había conseguido soplándose hacia adentro. Y que en realidad todos podíamos volver al tamaño normal cuando queríamos. Pero nosotros estamos muy bien aquí, dijeron. Y los dejé tomándose su alcohol duro. Al levantar el mantel para salir de allí, uno gritó: NO TE PRECIPITES!
Así que salí de debajo de la mesa y me dije: muy bien, quiero volver a medir lo de siempre. Y justo en ese momento, empecé a crecer y a crecer y toda mi ropa se desgarró. Y de repente me vi totalmente desnudo en un restaurante de lujo, con un grupo de gente seria mirándome, una señora se subió a una silla y gritó escandalizada, como si hubiera visto un ratón.
Y bueno, me había precipitado. Así que hice lo que pude y salí de allí corriendo y riéndome, medio borracho. La calle estaba bastante transitada y justo delante mio, el niño con mi globo rojo y la madre me miraron con cara de terror. De un salto que asustó al niño, le saqué el globo de la mano y volando me fui de allí.
viernes, 28 de agosto de 2009
De cuando perdí la cabeza
Una vez perdí la cabeza. Estaba algo despreocupado construyendo una pared. Me quité la cabeza un momento para subir una escalera y clavar un clavo y me golpeé en el dedo gordo con el martillo. Tiré el martillo al suelo y salté de la escalera gritando de dolor. Mi dedo gordo empezó a hincharse, como le pasa siempre al padre de mafalda cuando ella le pregunta algo extremo. Luego me olvidé de recoger mi cabeza y me fui a casa. Al día siguiente me fui de viaje. Conocí a un tipo barbudo que me dijo que era jesús y que tenía unos dos mil años. Lo invité a comer un bocadillo y me contó que las mujeres eran el diablo. Yo le dije que no era para tanto y él me dijo que en esa frase estaba reflejada toda la tentación diabólica de la que había sido víctima toda mi vida. Estaba totalmente manipulado por el diablo hasta tal punto que lo aceptaba en mi vida cotidiana. En cuanto terminó su bocadillo se levantó en medio de una frase y se fue corriendo detrás de una chica pelirroja que pasó por allí. Empezó a seguirla por la calle y la chica parecía bastante molesta. Pensé en ir a ayudarla o a ayudarlo a él con sus tentaciones diabólicas, pero en seguida la chica encontró a un grupo de gente con el que parecía conocerse. Luego el tipo barbudo dobló a la derecha por la primera calle. Me dejó un sabor de boca repugnante. A parte el bocadillo no estaba tan bueno.
Luego pasé cerca de un lago y me bañé. Había pequeños peces, más pequeños que mis dedos, que iban y venían y me acompañaban. A lo lejos, en el centro del lago, una mano me saludaba inquieta. Un rato más tarde paré en una casa de madera. En medio de un valle. Sólo se podía llegar hasta allí caminando, cruzando puentes colgantes y todo. Era una casita muy simple, un refugio construido a mano. Sin embargo allí vivía desde hacía ya 9 años, una pareja muy simpática. Él era montañista. Ella era escritora. La mezcla era extraña. Vivían de lo que cazaban. No tenían electricidad ni agua de grifo (pasaba un rio al lado de la casa. Cuándo tenían una emergencia venía un helicóptero y los rescataba. Algún invierno habían quedado enterrados en nieve y habían tenido que salir derritiéndola con un soplete que guardaban en la casa. Ella fue la primera en hacerme ver que tenía una mancha en el dedo gordo y yo le conté que era por el golpe con el martillo. Y ella me dijo que era más porque me había olvidado la cabeza. Yo le dije que la había perdido y nos reímos porque habíamos tomado bastnte vino. Tenían un montón de reservas de vino, no sé de dónde lo sacaban, me imagino que la gente que llegaba a visitarlos, como yo, debía de llevarles botellas. Al volver al pueblo, un borracho se acercó a mí y me dijo que yo no había perdido la cabeza, que la cabeza me había perdido a mí. Me dijo también que él lo veía todo azul desde hacía unos siete meses y que se había puesto a pedir citas en consultas médicas porque la mayoría de sus amigos se habían muerto por una cosa o por otra. Se había hecho casi todos los tests que podía hacerse y todos los resultados eran perfectos. Se sintió decepcionado. Tenía un ojo medio cristalizado, no era un ojo falso, pero tenía algo en un ojo que lo hacía bastante desagradable. Sin embargo su mirada era tranquila, no era un borracho violento. Me contó que ese día se había emborrachado porque había ido a hacerse unos análisis médicos. Su experiencia había sido tan desagradable que decidió dejarse de estupideces médicas. Al parecer le habían hecho ponerse a cuatro patas y le habían introducido una sonda por el culo. Me lo contaba con un aire melancólico. Y me decía: es que encima, no me han encontrado nada malo. Yo trataba de hacerle ver que eso era bueno, pero él estaba decepcionado de haberse pasado un año entero dedicado a mejorar su salud con un rechazo continuo de los médicos que siempre le decían que estaba en perfecto estado.
Finalmente, a la vuelta paré unos minutos en un supermercado. Quería comprarme unas galletas, pero había tantas y tan distintas que al final me compré una manzana y una bolsa de zanahorias. Haciendo la cola para pagar una mujer me pidió: que sea la última vez que compras zanahorias en bolsa. Me dijo que las zanahorias había que comprarlas con toda la parte verde, con hojitas y eso. Que las de la bolsa están en bolsa desde que nacen hasta uqe te las comes. Que se 'fabrican' en una especie de tierra que no es tierra sino directamente una especie de cosa vizcosa y crecen directamente dentro de la bolsa. Me pareció bastante asqueroso y le prometí que nunca más compraría zanahorias sin rabillo en bolsa.
Cuando llegué a casa, mi cabeza estaba empaquetada en la puerta. Me la mandaba uno de mis compañeros de trabajo. Al abrir el paquete vi que algo había cambiado. Durante unos días mi cabeza y mi cuerpo no se llevaron bien.
Luego pasé cerca de un lago y me bañé. Había pequeños peces, más pequeños que mis dedos, que iban y venían y me acompañaban. A lo lejos, en el centro del lago, una mano me saludaba inquieta. Un rato más tarde paré en una casa de madera. En medio de un valle. Sólo se podía llegar hasta allí caminando, cruzando puentes colgantes y todo. Era una casita muy simple, un refugio construido a mano. Sin embargo allí vivía desde hacía ya 9 años, una pareja muy simpática. Él era montañista. Ella era escritora. La mezcla era extraña. Vivían de lo que cazaban. No tenían electricidad ni agua de grifo (pasaba un rio al lado de la casa. Cuándo tenían una emergencia venía un helicóptero y los rescataba. Algún invierno habían quedado enterrados en nieve y habían tenido que salir derritiéndola con un soplete que guardaban en la casa. Ella fue la primera en hacerme ver que tenía una mancha en el dedo gordo y yo le conté que era por el golpe con el martillo. Y ella me dijo que era más porque me había olvidado la cabeza. Yo le dije que la había perdido y nos reímos porque habíamos tomado bastnte vino. Tenían un montón de reservas de vino, no sé de dónde lo sacaban, me imagino que la gente que llegaba a visitarlos, como yo, debía de llevarles botellas. Al volver al pueblo, un borracho se acercó a mí y me dijo que yo no había perdido la cabeza, que la cabeza me había perdido a mí. Me dijo también que él lo veía todo azul desde hacía unos siete meses y que se había puesto a pedir citas en consultas médicas porque la mayoría de sus amigos se habían muerto por una cosa o por otra. Se había hecho casi todos los tests que podía hacerse y todos los resultados eran perfectos. Se sintió decepcionado. Tenía un ojo medio cristalizado, no era un ojo falso, pero tenía algo en un ojo que lo hacía bastante desagradable. Sin embargo su mirada era tranquila, no era un borracho violento. Me contó que ese día se había emborrachado porque había ido a hacerse unos análisis médicos. Su experiencia había sido tan desagradable que decidió dejarse de estupideces médicas. Al parecer le habían hecho ponerse a cuatro patas y le habían introducido una sonda por el culo. Me lo contaba con un aire melancólico. Y me decía: es que encima, no me han encontrado nada malo. Yo trataba de hacerle ver que eso era bueno, pero él estaba decepcionado de haberse pasado un año entero dedicado a mejorar su salud con un rechazo continuo de los médicos que siempre le decían que estaba en perfecto estado.
Finalmente, a la vuelta paré unos minutos en un supermercado. Quería comprarme unas galletas, pero había tantas y tan distintas que al final me compré una manzana y una bolsa de zanahorias. Haciendo la cola para pagar una mujer me pidió: que sea la última vez que compras zanahorias en bolsa. Me dijo que las zanahorias había que comprarlas con toda la parte verde, con hojitas y eso. Que las de la bolsa están en bolsa desde que nacen hasta uqe te las comes. Que se 'fabrican' en una especie de tierra que no es tierra sino directamente una especie de cosa vizcosa y crecen directamente dentro de la bolsa. Me pareció bastante asqueroso y le prometí que nunca más compraría zanahorias sin rabillo en bolsa.
Cuando llegué a casa, mi cabeza estaba empaquetada en la puerta. Me la mandaba uno de mis compañeros de trabajo. Al abrir el paquete vi que algo había cambiado. Durante unos días mi cabeza y mi cuerpo no se llevaron bien.
el edificio perfecto
Fanta de limón. Cada mediodía, durante dos años, tomé una fanta de limón. Bebiéndola, entre horas de clases, comíamos pipas y contábamos historias. Yo solía estar callado y escuchar. En realidad no me intersaba demasiado estar allí. Sin embargo ahí estaba cada día, con la fanta limón y las pipas de girasol, escupiéndo las cáscaras al suelo como buen quinceañero. Pensando probablemente en el día anterior, tarareando una canción que me tuviera atrapado. La cosa es que escuchaba historias de otras personas y trataba de empatizar con ellas. No se me daba muy bien. Un día me hablaron de un edificio. El edificio era, a mi ver, lo más inútil del planeta. Sin embargo, era un referente en la utilización del espacio, de los materiales. una auténtica genialidad. Todo encajaba perfectamente, todo estaba ahí porque tenía que ser así. Y después de toda esa genialidad, el edificio seguía vacío y nadie sabía muy bien para qué usarlo. De vez en cuando lo usan para alguna exposición o algo por el estilo. Pero la mayor parte del tiempo está ahí vacío, a la vista de todo el mundo. Mostrando su perfección a miles de turistas, posando como modelo para estudiantes de diseño o de arquitectura. Y como cada día, la historia se acabó, la fanta de limón también.
Años más tarde encontré ese edificio. Le di la vuelta. Lo observé desde todos los ángulos y perspectivas. Ahí estaba, descansando. Perfecto. Silencioso. Satisfecho. En paz. Vacío. Y algún alumno de arquitectura o de diseño lo retrataba en algún boceto. O contemplaba cómo se desplazaban las sombras perfectas que le regalaba el sol.
Y sí. Finalmente, entendí esa belleza. Pero sigo pensando que como edificio es totalmente inútil.
Años más tarde encontré ese edificio. Le di la vuelta. Lo observé desde todos los ángulos y perspectivas. Ahí estaba, descansando. Perfecto. Silencioso. Satisfecho. En paz. Vacío. Y algún alumno de arquitectura o de diseño lo retrataba en algún boceto. O contemplaba cómo se desplazaban las sombras perfectas que le regalaba el sol.
Y sí. Finalmente, entendí esa belleza. Pero sigo pensando que como edificio es totalmente inútil.
indigestión
Entonces alguien te dice algo. Tú lo escuchas y empiezas a digerirlo. Y a los diez minutos o así notas que esas palabras llevaban podridas en la nevera unos cuantos días. No es que lo notas, es que ves el plato con moho de dónde salieron. Totalmente condicionado, empiezas a sentirte mal. Piensas en tus órganos internos. Ves fluidos ácidos revolcándose heróicamente con las palabras indigestas. Ves a tu estómago moviéndose. Tu pulso se acelera. Todo tu organismo empieza un combate para eliminar la pestilencia. La diferencia es que con las palabras todo ocurre en la mente, y que la indigestión cerebral se presenta más compleja que la estomacal. Aunque debería ser lo mismo. Un brindis por el entra-sale literario.
martes, 18 de agosto de 2009
Pan con Tomate vs Pan con Mayonesa.
- El pan con tomate es mejor que el pan con mayonesa. -Dice un catalán.
- El tomate mata el sabor de todo. -Dice una madrileña.
- El pan con tomate es como un super héroe con su capa. -Dice un catalán.
Mientras tanto yo pienso en chilaquiles. Cada cual, a su casa.
- El tomate mata el sabor de todo. -Dice una madrileña.
- El pan con tomate es como un super héroe con su capa. -Dice un catalán.
Mientras tanto yo pienso en chilaquiles. Cada cual, a su casa.
Mantis
Hoy salí al balcón y me picó una mantis religiosa en el dedo gordo del pie. Pensé que iba a morir y en el balcón sólo quedó mi sandalia con la mantis encima. Desde el otro lado de la ventana, observé su quietud como si estuviera mirando a king kong.
sábado, 15 de agosto de 2009
Amigos
- ¿Qué pasa?
- Tenemos que volver a empezar.
- No.
- Sí.
- Estás borracho.
- Sí.
- Cuatro días de trabajo. No me hace gracia.
- No te preocupes.
- No, no me preocupo, me cabreo.
- No te cabrées. Podemos seguir dónde estábamos.
- No me lo creo.
- No lo vas a creer.
- ¿Qué pasa?
- Tenemos que volver a empezar.
- No.
- Sí.
Psicología
Sólo busqué una explicación pero me dieron seis. Y es que al personaje blanco que aparecía a los pies de mi cama después de varias pesadillas no le gustan las etiquetas. Es exáctamente lo que yo quiera. Soy yo. Tengo que tomar más el sol.
Dar vueltas
Miro su cara. Miro bien su cara y me doy cuenta de que deja de ser la cara de siempre. Deja de ser la cara que cada mañana me sorprende con un gesto distinto al despertarla. Miro su cara y ya la extraño. Después de dar unas vueltas con esa idea, acabo sin saber dónde estoy. Exactamente sin saber dónde está la gasolinera y el complejo industrial desaforadamente iluminado que conforman mi paisaje. Seguramente el otro camino era el correcto.
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