jueves, 22 de octubre de 2009

Ordinario

En un examen de filosofía me preguntaron si la vida tendía a organizarse o a desorganizarse. Yo contesté que tendía a desorganizarse. Luego hablé con la que entonces era mi novia y ella me dijo que me había equivocado. Por ejemplo, me dijo, cuando en un concierto la gente empieza a aplaudir, todos los aplausos empiezan descoordinados, sin embargo, si los aplausos duran un rato, siempre se acaban sincronizando rítmicamente. Entonces me pareció una explicación estupenda. A día de hoy, la sensación vital es más difusa. El orden y el desorden quedan para tomar el té a las cinco pero lo acaban tomando a las nueve y les da igual. Los aplausos no duran toda la vida. En cuanto se organizan, pasa la euforia y algunos dejan de aplaudir. Finalmente algún exaltado da el último aplauso. Y los aplausos mueren después de una agonía asíncrona y decadente.

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